La leyenda de Mulán
Sobre este cuento
Cuando su padre enfermo es llamado a luchar en la guerra, la valiente Mulán decide cortarse el cabello, ponerse una armadura y ocupar su lugar en el ejército en secreto. Con la ayuda de nuevos amigos y usando su gran inteligencia, demostrará a todos que no hace falta ser el guerrero más fuerte para salvar a un país entero.
Lo que nos enseña esta historia:
- El verdadero valor está en el corazón, sin importar si eres niño o niña.
- A veces, pensar con inteligencia y astucia es mucho más útil que usar la fuerza física.
- El amor por nuestra familia nos da la fuerza necesaria para lograr cosas extraordinarias.
Hace mucho, mucho tiempo, en la antigua China 🎵, vivía una joven llamada Mulán. Residía en un pequeño pueblo al pie de las montañas con su padre, su madre y su hermana menor. Su hogar estaba rodeado por un hermoso jardín lleno de flores de magnolia, y a Mulán le encantaba pasar el tiempo admirando sus delicados pétalos.
Un día soleado, un mensajero imperial llegó 🎵 al pueblo con noticias importantes.
—¡Atención! ¡Atención! —exclamó, golpeando un gong 🎵—. ¡El Emperador necesita guerreros! Nuestro país está en peligro. ¡Cada familia debe enviar un hombre al ejército!
El padre de Mulán, el señor Hua, dio un paso al frente. Era un antiguo soldado que había servido al emperador hacía muchos años, pero con el tiempo su salud se había deteriorado. Apenas podía caminar con su bastón, y las manos le temblaban de debilidad.
—Me ofrezco como voluntario —dijo con voz débil pero orgullosa.
Mulán sintió que el corazón se le encogía 🎵. Sabía que su padre no sobreviviría a las penurias de una campaña militar.
—Padre, por favor… —empezó a decir, pero el señor Hua negó con la cabeza.
—Es mi deber, hija. Nuestra familia siempre ha servido con honor.
Esa noche, Mulán no podía dormir. Se quedó tumbada en la cama, escuchando cómo su padre intentaba entrenar en el patio y debía descansar 🎵 a cada instante. Un audaz plan empezó a tomar forma en su mente.
Cuando todos se durmieron, Mulán se levantó en silencio. Cogió unas tijeras y se plantó frente al espejo.
—Por ti, padre —susurró, y empezó a cortarse el largo cabello negro.
Luego fue a la habitación de su padre y cogió la armadura y la espada. Se puso ropa de hombre y se miró en el espejo. Parecía un muchacho.
Antes de marcharse, escribió una carta: «Querida familia, no os enfadéis. Hago esto por amor. Volveré con vosotros. Vuestra Mulán».
A la luz de la luna, montó en su caballo 🎵 y cabalgó hacia el campamento militar.
Una vez allí, Mulán se presentó como «Ping», el hijo de Hua.
—¡Bienvenido, Ping! —exclamó el comandante Li Shang—. Veo que eres joven. ¿Estás listo para un entrenamiento duro?
—¡Sí, comandante! —respondió Mulán con la voz más grave que pudo fingir.
Al principio, fue muy difícil. Los demás soldados eran más fuertes y rápidos. Durante los ejercicios de pesas, Mulán apenas podía levantar su propio equipo.
—¡Oye, Ping! ¿Necesitas ayuda? —se burlaban algunos soldados.
Mulán se hizo amiga de tres de ellos: Yao, que era el más fuerte; Ling, que siempre estaba bromeando; y Chien-Po, que era enorme pero muy bonachón.
—No te rindas, Ping —dijo Chien-Po un día en que Mulán estaba agotada—. Todos tuvimos que empezar por algún lado.
Y Mulán no se rindió. Entrenó más duro que nadie. Se despertaba antes del amanecer y practicaba mientras los demás aún dormían 🎵. En lugar de luchar con fuerza bruta, aprendió estrategia y movimientos astutos. Observaba a los pájaros alzar el vuelo 🎵, el agua fluir en los arroyos 🎵 y el viento moverse entre las hojas 🎵. La naturaleza le enseñó a tener equilibrio y agilidad.
Poco a poco, fue mejorando. El comandante Li Shang se dio cuenta de su progreso.
—Ping, veo que tienes un don especial para la estrategia —dijo un día—. Piensas de manera diferente a los demás soldados. Esa es una habilidad muy valiosa.
Mulán sonrió con orgullo.
Tras varias semanas de entrenamiento, el ejército se adentró en las montañas 🎵. Marcharon por pasos estrechos, con picos escarpados y cubiertos de nieve que se elevaban a ambos lados.
Una mañana helada, un explorador llegó corriendo al campamento.
—¡Comandante Li Shang! —gritó, sin aliento—. ¡Las fuerzas enemigas se acercan por el paso principal! ¡Son más de los que pensábamos!
Todos los soldados se sintieron intranquilos. Mulán miró las montañas, cubiertas por una gruesa capa de nieve.

