El pincel mágico
Sobre este cuento
Lili descubre un pincel mágico increíble que hace que todos sus divertidos dibujos cobren vida, ¡desde un osito morado hasta un tren ruidoso! Pero cuando decide no compartir su nuevo tesoro con sus amigos, la magia desaparece de repente. Acompaña a Lili en esta emocionante aventura para descubrir cómo recuperar el brillo del pincel usando el poder de la amistad.
Lo que aprenderás:
- Por qué es tan importante y divertido compartir nuestras cosas con los demás.
- Que el egoísmo hace que los juegos pierdan toda su magia.
- El gran valor de saber pedir perdón y hacer felices a nuestros amigos.
En las afueras de un pueblito muy acogedor, en una casa llena de dibujos de colores, vivía una niña llamada Lili. ¡A Lili le encantaba pintar! Tenía el pelo castaño y muy rizado, que saltaba al caminar —¡boing, boing!—, y unos ojos verdes y brillantes como dos estrellitas 🎵.
Una mañana de mucho sol, la abuelita de Lili le dio unas moneditas 🎵 para comprar en el mercado.
—Compra algo especial, mi niña —dijo la abuela con una sonrisa muy dulce—. ¡Pero no te lo gastes todo en piruletas como la última vez! —añadió guiñando un ojo 🎵.
—¡Lo prometo, abuelita! —rio Lili, aunque ya estaba pensando en las ricas piruletas de colores.
De camino, Lili encontró una tienda muy pequeñita que nunca había visto. El cartel decía: «Materiales de Arte Mágico».
Detrás del mostrador había una señora mayor muy amable, con el pelo blanco recogido en un moño. ¡Y tenía un lápiz clavado en el pelo!
—Hola, pequeña artista —dijo la señora—. Te estaba esperando. Tengo algo aquí que te va a gustar.
—¿Cómo sabe que me gusta pintar? —preguntó Lili, muy sorprendida.
—¡Porque tienes pintura en la nariz y detrás de las orejas! —rio la señora 🎵.
Lili miró todas las cosas de colores. ¡Guau! Pero un pincel le gustó mucho, mucho. Estaba solito sobre un cojín muy suave y brillaba con una luz calentita.
—Este es un pincel muy especial —dijo la dueña, tocándose el lápiz del moño—. Da vida a los dibujos. Pero recuerda, pequeñita: la magia más grande ocurre cuando compartimos con los demás.
—¿Cuánto cuesta? —preguntó Lili, sacando sus moneditas del bolsillo.
Lili contó sus moneditas. ¡Una, dos, tres! ¡Tenía justo lo que costaba! Ni un poquito más, ni un poquito menos. ¡Qué suerte!
—¡Gracias! ¡Gracias! —gritó Lili. Y corrió a casa 🎵 tan rápido —¡fiuuu!— que casi tira un puesto de manzanas.
—¡Perdón! —le gritó al vendedor, que la miraba asombrado—. ¡Tengo un pincel mágico!
En su cuarto, Lili mojó el pincel en pintura morada y dibujó un osito. Al terminar, ¡pasó algo increíble 🎵! El osito parpadeó, bostezó —¡aaaah!—, se estiró 🎵, ¡y salió caminando del papel!
—¡Guau! —gritó Lili, y del susto se cayó de la silla. ¡PUM! Terminó en el suelo.
—¡Hola! —dijo el osito morado, acercándose a ella—. ¡Gracias por darme vida! Pero ¿por qué soy morado? El color marrón es más bonito. ¿Y no crees que mis orejas son muy grandes?
—¡Tú… tú puedes hablar! —tartamudeó Lili, con los ojos muy abiertos.
—¿Y qué quieres que haga? ¿Que haga «cuac, cuac» como un pato? —rio el osito—. ¡Me llamo Violeta, encantado de conocerte!
Luego, Lili dibujó un pastelito de chocolate.

