Me senté en la cocina. Estaba comiendo 🎵 un gofre con una capa muy gruesa de azúcar glas. Pulsé el botón rojo 🎵 de la grabadora de mi papá.

Diario de investigación 🎵. Martes, diez de la mañana. El sol brilla como un foco en una sala de interrogatorios. Hay demasiado silencio en Barrio Arce. El silencio siempre significa problemas.

Le di un mordisco a mi gofre. Los problemas acababan de llamar a la puerta 🎵.

En la puerta estaba Igor, conocido en el vecindario como el Informante del Arenero. Rara vez sale de su territorio. Lee libros sobre dinosaurios y el espacio, y sabe las respuestas a preguntas que nadie ha hecho nunca; pero solo habla cuando le pagan. Normalmente, con ositos de gominola.

—Ha desaparecido —dijo—. Mi Pala Dorada. Alguien la robó antes del desayuno.

El caso era serio. La Pala Dorada era para Igor lo que los gofres eran para mí.

—La encontraré —dije con firmeza.

Me puse mi brillante impermeable amarillo 🎵. Me lo abroché hasta el cuello. Me puse las gafas de sol 🎵. Estaba listo. De repente, desde el pasillo, se escuchó la voz de La Jefa:

—¡Timmy, llévate a Boris a patrullar!

Suspiré. Boris es mi hermano de dos años y mi Socio Silencioso. Lo acomodé en su carrito. Le puse un sonajero en la mano 🎵. Salimos al terreno. Las ruedas del carrito 🎵 chirriaban en la acera como una puerta vieja.

Llegamos al arenero. La escena estaba intacta, excepto por un detalle. Justo en el medio había un agujero: un cuadrado perfecto. Me agaché para buscar pistas. En ese momento, Boris se asomó desde el carrito, agarró un puñado de arena e intentó comérsela 🎵.

—Deja eso, socio —murmuré, limpiándole la cara—. Eso es una prueba.

Tenía una pista. Un agujero cuadrado solo significaba un nombre.