El conejito Benny sabía hacer un pastel de arena perfectamente redondo 🎵 y podía cavar el foso de su castillo 🎵 él solo. Pero no sabía qué hacer cuando tenía que compartir. Y hoy, Benny se sentía el rey del parque de juegos 🎵.

Había llevado su mayor tesoro: una excavadora amarilla, nueva y brillante 🎵, con una gran pala móvil 🎵. Junto a su mejor amigo, el perrito Buster, decidió construir un castillo de arena nuevo y gigante con un foso profundo, más grande que cualquier otro que hubieran construido antes.

Benny trabajó muy duro, sacando la punta de la lengua por la concentración. Recogió arena en su balde amarillo y la volcó sobre la montaña que seguía creciendo 🎵. Buster compactó las paredes con sus patitas 🎵. El castillo creció y creció, y el foso a su alrededor se hizo cada vez más profundo 🎵. Ahora, lo único que necesitaban era un puente.

—¡Guau, qué foso tan increíble! —ladró Buster feliz 🎵—. Benny, ¿me prestas tu excavadora un minuto? Solo quiero aplanar el puente.

Buster estiró su patita hacia el hermoso juguete. Benny sintió que un globo grande y caliente se inflaba en su barriguita 🎵. ¿Darle su excavadora? ¡Pero si era SU excavadora! Las orejas de Benny se pusieron tiesas 🎵 y su naricita se puso roja. Cerró su pata libre formando un puño y empezó a dar pisotones en la arena con su pata trasera 🎵. ¡PLAS! ¡PLAS! ¡PLAS!

—¡No! ¡Mía! —gritó lo más fuerte que pudo.