Max era un perro golden retriever muy peludo, con orejas caídas y una cola que siempre se movía de un lado a otro como un péndulo feliz. Vivía en una acogedora casa azul con su cariñosa familia, los Anderson, que le daban las mejores caricias en la barriga y siempre tenían a mano su hueso de juguete favorito 🎵, ese que hacía ruiditos al morderlo.

Casi todos los días, Max era el perro más alegre de la calle Arce. Le encantaba perseguir mariposas en el jardín, jugar a buscar la pelota con el pequeño Tomás Anderson y compartir su cuenco de agua con los demás perros del vecindario. Pero había algo que hacía que la cola de Max dejara de moverse y que todo su cuerpo 🎵 temblara de miedo: las tormentas.

Cada vez que el cielo se llenaba de nubes oscuras 🎵, Max corría a esconderse debajo de la cama de Tomás 🎵 más rápido de lo que se tarda en decir «¡galleta para perros!». Su corazón latía 🎵 «¡pum, pum, pum!» como si fuera un tambor, y sus patas temblaban como si fueran de gelatina.

—Tranquilo, Max —le decía Tomás, asomándose por debajo de la cama—. La tormenta no te hará daño.

Pero Max no podía evitar sentirse avergonzado. Al fin y al cabo, era un perro muy grande. ¿Acaso no debería ser más valiente?

Una tarde soleada 🎵, Max estaba jugando en el parque con sus amigos perrunos 🎵: Luna, la caniche, y Rocky, el bulldog. Se lo estaban pasando en grande persiguiéndose por la hierba, cuando de repente empezaron a caer gotitas de agua 🎵 del cielo.

—¡Qué bien, una llovizna! —ladró Luna, dando vueltas en círculo.

—¡Qué gusto da sentirla en el pelaje! —ladró Rocky.

Pero el corazón de Max empezó a latir a toda velocidad 🎵. Sin pensarlo dos veces, dio media vuelta y salió corriendo a casa 🎵, dejando a sus amigos mirándolo con mucha sorpresa.