En un pueblecito, donde las casas se alzaban entre campos de flores y el río brillaba al sol como una cinta de plata, vivía un perrito 🎵. No era un perrito cualquiera: su pelo marrón brillaba muchísimo y movía la cola con tanta alegría que era capaz de espantar las nubes. A este perrito le encantaba pasear por el campo, oler las flores y perseguir mariposas, pero lo que más le gustaba en todo el mundo eran los huesos. Cada hueso era un tesoro para él 🎵, y su mayor felicidad era mordisquearlo a la sombra de un viejo roble.

Una mañana, el perrito salió a dar un paseo. El sol brillaba en el cielo y el viento traía olor a hierba fresca 🎵. De repente, junto a una valla, el perrito vio algo maravilloso: ¡un hueso grande y jugoso que alguien había dejado en la hierba!

—¡Oh, es el hueso más bonito que he visto en mi vida! —pensó, y sus ojitos brillaron como dos estrellitas 🎵. Tomó el hueso con la boca y se fue a casa, tan orgulloso como un rey con su nuevo tesoro.

El camino a casa pasaba por un puente de madera sobre el río. El perrito caminaba muy despacio, sintiendo el peso del delicioso hueso en su boca. Al llegar a la mitad del puente, miró hacia abajo, a las aguas tranquilas. Y entonces vio algo que le hizo dar un vuelco al corazón 🎵. ¡Había otro perrito en el río! Tenía un hueso en la boca, ¡pero no un hueso cualquiera! Ese hueso parecía el doble de grande y el doble de jugoso que el suyo. El perrito se quedó mirando el reflejo y su colita dejó de moverse.

—¡Tengo que conseguir ese hueso! —pensó.