En un valle muy verde, lleno de espigas de trigo y flores silvestres, vivía el Ratón de Campo. Su casita estaba bajo las raíces de un viejo roble, adornada con musgo suave y pasto sequito. La vida del ratoncito era muy sencilla: cada mañana recogía granitos, nueces y ricas bayas por el campo. Por las tardes, se sentaba frente a su casita a mirar las estrellas y escuchar el «cri-cri» de los grillos. Aunque no tenía muchas cosas, era muy feliz porque su vida era tranquila y segura 🎵.

Un día, el Ratón de Campo recibió una carta de su primo: el Ratón de Ciudad. La carta olía un poco raro. Olía un poquito a humo y un poquito a algo dulce que el ratoncito de campo no conocía. En ella, su primo le decía:

—¡Querido primo! ¡Ven a visitarme a la ciudad! Verás qué lindo vivimos aquí. Tenemos montañas de comida, palacios que brillan y más diversión de la que puedas imaginar. ¡Te espero!

El Ratón de Campo nunca había ido a la ciudad. Había escuchado cuentos sobre edificios muy altos, coches ruidosos y unas criaturas extrañas llamadas humanos, que corrían de aquí para allá. Sentía curiosidad, pero también un poquitín de miedo 🎵. Al final, ¡ganó la curiosidad! Hizo un paquetito con nueces para el viaje, se despidió de su vecina —una ranita de campo 🎵— y se puso en marcha.

Después de caminar mucho, mucho tiempo por bosques y campos, llegó a la ciudad 🎵. Desde lejos, vio algo asombroso: ¡casas más altas que los árboles más grandes! Brillaban bajo el sol como cristales, y había un montón de personas caminando muy deprisa por todas partes. El Ratón de Campo sintió que su pequeño corazón latía más rápido. «¡Este debe ser un lugar mágico!», pensó.

En la esquina de la calle lo esperaba el Ratón de Ciudad. Tenía el pelaje muy brillante y llevaba un sombrerito hecho con una cáscara de nuez.

—¡Bienvenido, primo! —gritó con alegría—. ¡Ven, te enseñaré mi ciudad!