En el acogedor pueblo de Prado del Bosque vivía Fiona la Zorrita, que acababa de convertirse en bombera. Todas las mañanas, se miraba al espejo y decía:

—¡Soy la bombera Fiona, lista para ayudar!

Esa mañana tan especial 🎵, Fiona se puso su reluciente uniforme de bombera. Las rayas amarillas brillaban bajo el sol y el casco le quedaba perfecto. Sentía mariposas en la barriga 🎵.

—Ser bombera es un asunto serio —susurró Fiona, ajustándose la placa 🎵.

Sus amigos la esperaban en la estación de bomberos: el Jefe Derek, el sabio líder; la Osa Berta, que conducía el camión; y el Erizo Hugo, que era un experto manejando la manguera de agua.

—¡Buenos días, Fiona! —la saludaron alegremente.

—¡Buenos días! —respondió Fiona, saludando tímidamente con la patita. Estaba a punto de empezar a revisar el equipo del camión de bomberos cuando…

¡TOLÓN! ¡TOLÓN! ¡TOLÓN!

¡La alarma de la estación 🎵 sonó tan fuerte que a Fiona se le agitaron las orejas!

—¡Alarma en la pastelería de Prado del Bosque! —anunció el Jefe Derek—. ¡Todos al camión!

El corazón de Fiona latía muy rápido 🎵 mientras se subía al camión. La sirena sonaba con fuerza, ¡NI-NO-NI-NO!, mientras avanzaban a toda velocidad por las calles 🎵.

Cuando llegaron a la pastelería, vieron que salía humo gris por las ventanas de arriba. Formaba nubes oscuras y enfadadas. La Señora Bigotes, la gata pastelera, estaba en la calle, muy angustiada.

—¿Están todos fuera del edificio? —preguntó el Jefe Derek.