En el bosque verde 🎵, donde el sol pintaba manchas doradas sobre el musgo y los helechos, vivía un cuervo 🎵. No era un cuervo cualquiera: sus plumas brillaban 🎵 como el terciopelo negro y sus ojos chispeaban 🎵 de inteligencia y curiosidad. Todos los animales del bosque lo conocían porque siempre encontraba la forma de resolver cualquier problema. Pero un verano muy caluroso, hasta este sabio cuervo se encontró en apuros.

Era un día sofocante, y el cuervo sentía la garganta tan seca como un desierto.

—¡Agua, debo encontrar agua! —graznó para sí mismo, volando sobre el bosque.

El río estaba muy lejos, y el arroyo que siempre burbujeaba en el valle se había secado por completo. Por fin, después de volar un buen rato, el cuervo notó algo entre la hierba alta. Era una jarra de barro, olvidada por algún viajero. Con el corazón lleno de esperanza, el cuervo aterrizó a su lado y miró en su interior. ¡Había agua 🎵! Pero, ¡oh, no!, estaba tan al fondo que no lograba alcanzarla 🎵 con el pico.

«¡Qué mala suerte!», pensó el cuervo, inclinando la cabeza de un lado a otro, como si intentara convencer a la jarra de que le diera al menos una gotita. Intentó estirarse más y más, pero la jarra era muy alta y su pico muy corto.