Érase una vez una niña llamada Cenicienta que vivía con su madrastra y sus dos hermanastras. Ella era quien tenía que despertarse cada mañana, cuando aún estaba oscuro y hacía frío, para encender el fuego 🎵. Cenicienta cocinaba, mantenía la chimenea encendida y hacía las tareas más difíciles, como fregar los platos 🎵, limpiar los suelos 🎵 y lavar la ropa 🎵. La pobre niña no lograba mantenerse limpia; siempre estaba cubierta de cenizas y del hollín de la chimenea. Sus hermanastras dormían en habitaciones elegantes, pero el cuarto de Cenicienta era pequeñito y frío 🎵, y estaba allá arriba, en el ático.

La madrastra de Cenicienta no era nada buena. No soportaba lo amable que era Cenicienta, porque eso hacía que sus propias hijas parecieran menos encantadoras. Por eso, la pobre Cenicienta tenía que hacer todo el trabajo duro. Sin embargo, a pesar de llevar ropa vieja y rota, era mucho más guapa que sus hermanastras, ¡incluso cuando estas lucían sus vestidos más elegantes!

Un día muy emocionante, el hijo del rey decidió organizar un gran baile 🎵, ¡e invitó a todo el mundo, incluida la familia de Cenicienta! Las hermanastras estaban tan felices que no paraban de elegir los vestidos más bonitos. Por supuesto, esto significó más trabajo para Cenicienta, quien tuvo que ayudarlas a prepararse.