En el pueblo de Ruidoville, el día no empezaba con el canto del gallo, sino con la tos de cientos de motores 🎵. ¡Brum-pof-pof-cof! resonaba por 🎵 las pintorescas y algo torcidas callejuelas. Ruidoville era un lugar donde cada vehículo tenía su rutina, y la mayor diversión del día solía ser un cambio de aceite en el taller del mecánico Zeno.

En el corazón de este ajetreado y ruidoso mundo, en un garaje muy acogedor que olía a cera 🎵 limpia, vivía Ruby. Ruby era un pequeño coche de carreras rojo. Tenía una forma aerodinámica, una pintura brillante color fresa madura y un alerón muy elegante. Estaba construida para ser superrápida.

El problema era que Ruby era… bueno, un poquito miedosa.

Su motor era muy potente, pero el corazoncito bajo su capó latía de nervios. Siempre que salía a las calles llenas de baches de Ruidoville, sus ruedas temblaban y de su tubo de escape salía un estornudo muy gracioso y asustadizo 🎵: ¡Achís! ¡Pof-pof! Ruby soñaba con grandes carreras, trofeos y aplausos, pero por ahora, su mayor aventura era llegar al lavadero de coches sin pisar ningún bache.

Ese martes, Ruby estaba sacando brillo a sus llantas, soñando con la pista de carreras, cuando un fuerte golpe sacudió 🎵 el garaje.

PUM. PUM. PUM.

El señor Ruedotas estaba en la puerta. Era un gigantesco camión monstruo naranja, con ruedas más altas que el techo de Ruby. Cuando hablaba, las ventanas temblaban.

—¡EMERGENCIA 🎵! —rugió el señor Ruedotas, mientras caía arena de su gran parrilla—. ¡CRISIS EN LA CALLE PRINCIPAL 🎵! ¡NECESITAMOS AL EQUIPO DE RESCATE! ¡HAY CRIATURAS PEQUEÑAS EN GRAN PELIGRO!

Ruby se encogió y dio marcha atrás, escondiéndose en el rincón más oscuro del garaje.

—Ay, madre —chilló—. ¿No deberíamos llamar a los bomberos? Yo solo… estooo… estoy revisando la presión de mis ruedas. Es un trabajo muy importante.

Por suerte, el resto del equipo 🎵 entró rodando detrás del señor Ruedotas. Primero llegó Solecito, un taxi amarillo que llevaba los faros encendidos incluso en los días soleados. Detrás de él, salpicando barro con sus ruedas, entró Leo, un coche compacto verde que creía que un coche limpio era un coche triste. Por último, balanceándose de un lado a otro, llegó rodando Campanilla, una furgoneta azul y gordita que siempre tenía muchas ideas disparatadas.

—¡Ruby, no hay tiempo para ser miedosa! —gritó Campanilla alegremente, abriendo sus puertas traseras con un fuerte 🎵 crujido—. El señor Ruedotas dice que es muy grave. ¡Alguien necesita ayuda urgente!