Había una vez, en un pueblecito 🎵 escondido entre suaves colinas y verdes prados, una joven llamada Bella. Bella tenía un gran corazón y todos los que la conocían la querían mucho. Pasaba los días leyendo libros bajo la sombra del gran roble junto al río 🎵, soñando con aventuras en lugares lejanos.

Bella vivía con su padre, Mauricio, que era inventor. Siempre estaba armando y desarmando aparatos y cacharros, con la esperanza de crear algún día algo que hiciera la vida más fácil para todos. Aunque no tenían mucho, su hogar estaba lleno de amor y risas.

Una mañana soleada 🎵, Mauricio decidió viajar a la ciudad para vender su último invento. Mientras se preparaba para irse, le preguntó a Bella:

—¿Qué te gustaría que te trajera, mi niña?

Bella sonrió y dijo:

—Solo quiero que regreses a salvo, papá. Pero, si encuentras alguna, me encantaría una rosa roja.

Mauricio emprendió su viaje 🎵 con su carreta cargada de inventos. El camino hacia la ciudad era largo y lleno de curvas. Al caer la noche, se acumularon nubes oscuras y comenzó a formarse una tormenta 🎵. La lluvia caía con fuerza y el viento soplaba con furia. Mauricio se envolvió bien en su abrigo y buscó un lugar donde refugiarse.

A lo lejos, vio una luz brillante. Al acercarse, descubrió un magnífico castillo como nunca antes había visto. Las grandes puertas estaban abiertas y el jardín rebosaba de las flores más hermosas que jamás hubiera imaginado.

—¿Hola? —llamó Mauricio, pero nadie respondió. Al entrar, encontró una cálida chimenea encendida y una mesa servida con comida deliciosa. Cansado y hambriento, decidió descansar un rato. «Seguro que a quien viva aquí no le importará que me quede hasta que pase la tormenta», pensó.

A la mañana siguiente, la tormenta había pasado 🎵. Mientras Mauricio se preparaba para marcharse, recordó la petición de Bella. Paseó por el jardín y cortó una sola rosa roja. De repente, una voz suave pero profunda dijo:

—Buenos días, viajero.

Mauricio se dio la vuelta y vio 🎵 frente a él a una enorme criatura de ojos tiernos. Era la Bestia, pero no daba miedo; parecía más bien un gigante amable.

—Siento haberte asustado —dijo la Bestia—. Vi que tomaste una rosa de mi jardín.