Muy en lo alto, donde las nubes bailaban con el viento, vivía un pequeño copo de nieve llamado Lucía. Lucía era tan delicada como una telaraña y tan brillante como un diamante 🎵.

Todos los copos de nieve a su alrededor esperaban con ansias su gran momento: caer al suelo durante la nevada de Navidad. Pero Lucía no. Ella no quería caer 🎵 por nada del mundo.

—¿Y si me derrito? —se preguntaba Lucía, mirando hacia la tierra, allá abajo—. ¡Hace mucho calor ahí abajo!

—Pero, Lucía, ¡este es nuestro destino! —le dijo un copo de nieve mayor llamado Carlos—. Mira a los niños jugando 🎵. ¡Caemos por ellos! ¡Sin nosotros, no habría muñecos de nieve ni guerras de bolas de nieve!

Lucía se asomó hacia abajo. Vio a unos niños vestidos con abrigos gruesos, gorros y bufandas. Corrían alegres, lanzándose bolas de nieve y haciendo ángeles en la nieve. Parecían muy felices, pero Lucía todavía no estaba segura.

—¿Y si no caigo donde debería? —preguntó—. ¿Y si nadie se da cuenta de que estoy ahí?