¡Hola, soy Bart! Vivo en la madriguera más profunda 🎵 de todo el Rincón del Pino. De verdad, mi casa es genial: tengo tres habitaciones, una cama suave hecha de hojas secas y una despensa donde guardo las lombrices más gorditas para los días de lluvia. Pero hoy no quiero hablar de mi casa. Quiero contarles sobre un día en el que me sentí… bueno, muy raro.

Estaba sentado en el Prado Soleado, comiendo un bocadillo 🎵, cuando de repente escuché unos aplausos muy fuertes 🎵. Miré hacia arriba y… ¡fiuuu! Solo vi una cola roja y peluda 🎵. Era la ardilla Fiona saltando de rama en rama 🎵 como un rayo. Daba volteretas, giros y piruetas que me dejaron con la boca abierta hasta tocar el musgo 🎵.

—¡Bravo, Fiona! —gritó la liebre Zoey.

—¡Tienes mucho talento! —celebró el erizo Henry.

—¡Maravilloso! —chillaron los demás animales.

¿Y yo? Yo solo me quedé ahí sentado con mi lombriz en la pata, y de pronto, sentí que las orejas me ardían 🎵. La barriga se me encogió y 🎵 empezó a picarme un poquito. Pensé: «¿Por qué nadie aplaude así cuando yo hago algo?». ¡Yo puedo cavar las mejores madrigueras del bosque! ¡Mis túneles son rectos como una flecha y nunca se derrumban! Pero ¿quién aplaudiría a alguien que solo cava en la tierra?

Esa noche, me acosté en mi cama pero no podía dormir 🎵. Daba vueltas y vueltas, y la manta de hojas se me caía a cada rato 🎵.

—Yo también quiero saltar por los árboles —murmuré—. ¡No es justo! Las ardillas tienen patas ligeras y rápidas, ¡y yo tengo estas patas grandes y pesadas que solo sirven para escarbar la tierra!

Al día siguiente, me levanté muy temprano. Fui al pino más bajito que estaba al borde del prado. Miré a todos lados para asegurarme de que nadie me estuviera viendo.

—¡Uno, dos, tres! ¡Soy una superardilla! —susurré, y salté 🎵.

¡PLAF!

Caí de panza 🎵. Se me metieron hojas en la nariz y una ramita muy traviesa se me enredó en la cola.