Una extraña calma llenaba el Laboratorio de Cartón.

Clara, la Ingeniera Jefe de ocho años 🎵, estaba de pie frente a su mayor orgullo: una pizarra blanca gigante, perfectamente lisa y brillante, que su papá le había ayudado a colgar en la pared. Con mucho cuidado y precisión, dibujó miles de puntitos 🎵 en ella con un rotulador azul.

—Según mis cálculos… —murmuró, subiéndose las gafas de seguridad a la frente—, el aire es muy tenue y ligero. No pesa casi nada. Lo demostraré dibujando estas partículas flotantes. Libertad total, cero presión. Pura teoría de gases.

En lo alto de una estantería, Copérnico, el camaleón velado, parpadeó con un ojo perezoso 🎵. En ese momento, era del color de un cielo azul brillante.

De repente, se escuchó un fuerte 🎵 ruido a goma que venía desde abajo: ¡Plam! ¡Fruf! ¡Plam!

La puerta se abrió de golpe 🎵 y Leo entró tropezando. Esta vez, llevaba su capa roja atada a la cintura y unas gafas de natación rosas en la cabeza. Se había pegado pequeñas ventosas en los codos y las rodillas con cinta adhesiva. En la mano derecha, sostenía un enorme desatascador, nuevo y (por suerte) limpio, con una brillante ventosa de goma roja.

Copérnico se infló inmediatamente 🎵 como un globo y se volvió de un amarillo de alerta 🎵.

—¡Base, aquí el Hombre Ventosa! —anunció Leo, adoptando una pose de superhéroe—. ¡Comienzo mi misión para caminar por el techo!

Clara suspiró tan fuerte 🎵 que casi hace volar las notas de la mesa.

—Leo, estás ignorando las leyes básicas de la naturaleza otra vez —dijo—. La goma no es pegajosa. No puedes caminar por las paredes como una mosca. La gravedad te atraerá hacia el suelo y probablemente te harás un moretón.

—¡Las moscas no tienen pegamento, tienen superpatitas! —protestó Leo—. ¡Mira esto!

Antes de que Clara pudiera proteger su nueva e impecable pizarra, Leo alzó el pesado desatascador y lo estrelló contra la pared con todas sus fuerzas, justo en el centro de su dibujo de partículas de gas.