Benny el Conejito sabía deslizarse por el tobogán más alto del parque 🎵 y podía dibujar él solo un sol perfectamente redondo 🎵. Pero no sabía qué hacer cuando aprender algo nuevo no le salía bien a la primera 🎵. ¡Y hoy era un día increíblemente importante!

Papá Conejo sacó al patio su caja de herramientas roja y le quitó las rueditas de entrenamiento a la bicicleta de Benny 🎵. Benny también recibió un casco nuevo y brillante con rayas verdes.

—¡Ya soy un ciclista mayor! —exclamó con orgullo, abrochándose la correa bajo la barbilla 🎵—. ¡Voy a pedalear más rápido que el viento!

A lo lejos, vio a sus amigos, Cleo la Gatita y Buster el Perrito, avanzando a toda velocidad y sin problemas por los senderos del parque 🎵 en sus bicicletas 🎵. ¡Ring, ring! Tocaban sus timbres con alegría 🎵. Benny tenía muchas ganas de unirse a ellos. Se subió al asiento, agarró el manillar con fuerza, bajó la cabeza y clavó la vista en sus patas sobre los pedales.

Benny empujó el pedal hacia abajo y empezó a moverse. ¡Pero la bicicleta no iba en línea recta en absoluto! El manillar se tambaleó peligrosamente hacia la izquierda, y luego hacia la derecha 🎵. Benny perdió el equilibrio, la bicicleta se inclinó y… ¡PUM! Cayó sobre la hierba 🎵 junto al sendero. No se lastimó, pero sintió una enorme y aguda punzada de decepción.

El enojo y la vergüenza invadieron 🎵 a Benny como una ola de calor. Se levantó. Echó las orejas hacia atrás por la rabia y su naricita se puso roja como un tomate. Golpeó el suelo con su pata trasera. ¡PAM! ¡PAM! ¡PAM!

—¡Bicicleta tonta! ¡Está rota! —gritó con todas sus fuerzas.

En ese momento, Buster el Perrito se acercó a él en su bicicleta 🎵. Lo hizo con cuidado y con cara de preocupación.

—¿Estás bien, Benny? —preguntó su amigo.